lunes, 27 de julio de 2015

Entrevista en YouTube por Héctor Torres

La versión del autor 
Programa 1 / Temporada 1
(Publicado el 18/11/2014)


Jacqueline Goldberg habla sobre Las horas claras (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana) en la Librería Lugar Común.

Entrevista por Héctor Torres



Por Carmen Virginia Carrillo en La Palabrera


Las horas claras, de Jacqueline Goldberg
Por Carmen Virginia Carrillo
(22/04/2015)

Publicado en La Palabrera

Las horas claras, de Jacqueline Goldberg, ganó el XII Premio Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en el 2012. Un texto híbrido en el que confluyen diversos géneros: La historia, el reportaje, la novela, la poesía.  
Comencemos por la historia narrada: Una mujer: Eugénie Thellier de La Neuville, Madame Savoye, ya anciana, recuerda la muerte de Georgette, su amiga de la infancia, envenenada por una oronja verde, y piensa en su propia muerte.  Once años han pasado desde que,  en 1928, le pidiera a su marido una casa de campo. Quería ubicarla en Poissy. Contrata al arquitecto Charles Edouard Jeanneret, más tarde conocido como Le Corbusier. Madame Savoye habita la casa que pronto comienza a deteriorarse. Llueve fuera y dentro de Las horas claras, así la ha nombrado, porque siempre quiso que la casa le recordara la luz.  La guerra alcanza a Francia, muere el marido, la casa es tomada por los nazis, ella se instala en su apartamento de París. Piensa en la muerte, y en regresar a su villa de verano, pero no se decide. Finalmente, en 1969 se atreve a volver, una oronja  verde le proporcionará su hora más clara.
La muerte abre y cierra la novela en un círculo perfecto. Esta mujer melancólica  sufre. No encuentra alegría en el matrimonio, ni en la maternidad. Solo desea una casa “para ser en ella” (32). Las nociones de tiempo y espacio confluyen en el motivo de la casa, que a su vez funciona como un "cuerpo de imágenes que da razones o ilusiones de estabilidad" (Bachelard, 1983). 
La casa constituye el eje simbólico del texto. La historia de la villa Savoye, su nacimiento, destrucción y resurrección, tiene su correlato en  un periodo de la historia de Europa en el cual la segunda guerra mundial y el holocausto judío configuran un eje de inflexión entre la ilusión de habitar la casa y la tragedia de ser despojada de ella.
Al inicio de la construcción, Madame Savoye se siente desahuciada, carga con la tristeza a cuestas. Un día, la villa emite “aullidos de cal”, “el ruido  natal” que “aleja el vacío congénito” y su dueña la habita.  Sin embargo, pronto se vuelve inhabitable.
El cuerpo de la mujer  y el cuerpo de la casa parecieran vivir en sincronía, padecen  al unísono el proceso de deterioro físico. La memoria corporal de su dueña  se asocia a los recuerdos de ese espacio tan anhelado, tan amado y tan padecido. 
Habitante de un perpetuo traslado, Madame Savoye es descrita en  su condición de extranjera: “Extranjera fue siempre, pero no suscitaba desconfianza, no lloraba, no palidecía en los festines”. (p. 28).   A lo largo de la narración somos testigos de constantes desplazamientos desde París a  la casa de verano en Poissy,  en oportunidades, estos traslados  solo ocurren en la mente de la protagonista, en el deseo de retornar a su morada.
En el texto, la escritura de la historia está articulada desde la imaginación poética. La cadencias de un lenguaje tenue y vacilante propicia  intersticios, espacios de indeterminación, que juegan un papel fundamental en la propuesta transgenérica de esta magnífica obra.
Goldberg ha logrado conjugar, en este texto cargado de poesía,  la vida íntima de la protagonista, la historia de la Villa Savoye y la memoria colectiva de un país, de tal manera que, tras hurgar en heridas particulares y colectivas,  solo queda el inefable silencio.

Por Alfonso Molina en Ideas de Babel


Las horas claras LAS VOCES MÚLTIPLES DE JACQUELINE GOLDBERG
Por Alfonso Molina
(05/12/2014)



Publicado en Ideas de Babel



Este texto —también podríamos decir muchos textos— se desplaza del poema en prosa a la narrativa breve, de la alusión metafórica a la concreción significativa, incluso de una crónica lejana a la precisión de una relación epistolar. Las horas claras se edifica con una mezcla de líneas expresivas más allá de los géneros y propone una comprensión global e integradora, a la vez, sobre un proceso personal en el marco de un periodo histórico muy difícil. Texto único y múltiple —como las voces de su autora Jacqueline Goldberg— cuya rica dimensión le valió el premio del XII Concurso Anual Transgenérico hace exactamente dos años, en diciembre de 2012, de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, firma editorial encargada de su publicación hace unos meses.

Cuando se habla de la trayectoria de la escritora zuliana surgen sus trabajos en la poesía, el ensayo, la crónica, el relato infantil, la dramaturgia y la narrativa. Incluso, a la hora de leer su obra premiada, recuerdo sus textos gastronómicos. Por eso no sorprende la estructuración de Las horas claras, al amparo de una concepción global de sus párrafos. En su nervio central se define la figura de Eugénie Thellier de La Neuville, conocida como Madame Savoye, a principios del siglo XX. Una mujer de la alta burguesía francesa solicita al arquitecto suizo Charles Édouard Jeanneret-Gris, después conocido como Le Corbusier, la construcción de la Villa Savoye, obra clásica levantada en Poissy, Francia, en 1929. Esa casa constituye el espacio donde moran los sueños, los miedos, las angustias y las incertidumbre que horadan la vida de esa dama en tiempos muy duros. En la Europa que anuncia los albores de la Segunda Guerra Mundial se desarrolla este sutil manejo de un tránsito apasionante con la combinación de genialidad y decadencia, locura y racionalidad, como una especie de maldición que involucra a sus gestores.

Según la presentación que escribió Victoria de Stefano, narradora a quien respeto y admiro, en sus páginas:


se dan cita la ficción novelesca y la historia, historia real, que es el núcleo y corazón de lo narrado, e historia imaginada, la que se desprende como un convincente pudo haber sido de ese punto del pasado revivido y revelado. La historia real: la casa vacacional y fallida, sometida a los avatares de las obras construidas por los humanos a la par o contra la naturaleza y el tiempo, que Madame Savoye, Eugénie Thellier de La Neuville, hizo construir en Poissy por el afamado arquitecto suizo y teórico de la modernidad en arquitectura Le Corbusier (…) Pero como Jacqueline Goldberg, aquí en función de narradora, es poeta, tendremos que las imágenes, los símbolos, las asociaciones, además de la línea verbal y la impulsión afectiva de la frase, que no deja de deberle mucho a su estro poético, nos sirven de hilo conductor y multiplicador de significados entre los altos y bajos y las desgarraduras íntimas de Madame Savoye y su proyecto edilicio, un utopos como fuga en el tiempo y el espacio en pos de las horas claras”.



Las horas claras —en una nota anterior Ideas de Babel la bautizó de manera errónea pero azarosamente poética Las hojas claras— se desliza literalmente de página en página en una aventura narrativa que no se conforma con contar una historia, Más bien formula acertijos, coloca pistas, separa evidencias y lanza un reto al lector. No es un roman de gare, como dicen los franceses, sino todo lo contrario: una enorme interrogante sobre las posibilidades del lenguaje. Por eso es una aventura con fluidez incesante.



10

Quiso una casa para no extraviarse. Para dejar ventanales abiertos y que entrase la roja noche de agosto, el vocerío llorado de ciertas familias, algún pájaro, el vaho del Sena.

Deseó una villa de verano como una fe. Y así le fue concedida.

El marido accedió a regañadientes. No se discutió el lugar. Buscarían un terreno, un arquitecto.

Madame Savoye lo vislumbraba todo. Sabía cuántas serían las puertas y los pasillos. Estaba claro que la cocina miraría hacia el jardín, que habría una terraza, un baño enorme, un vestíbulo para recibir a los huéspedes.

También reconocía cuán lejos debía estar esa casa para que la salvase del desierto”.


En este décimo capítulo de sus textos, Goldberg define la situación dramática en la que se ubica el personaje, su historia y su relato. De esta manera, de forma secuencial, página a página, va prefigurando y posteriormente confirmando un curso de su relato, heterogéneo en su interior pero muy bien articulado por la vía de un trabajo minucioso de escritura y corrección donde se evidencia su condición de poeta y narradora. No sería exagerado afirmar que cada párrafo es producto de una revisión profunda e implacable, que cada palabra ha sido elegida para establecer un significado particular. Como trasfondo, la percepción de un mundo acechado, hostilizado, destrozado, se torna evidencia de la insensatez y la desverguenga. Razón tenían las angustias de Madame Savoye.

Extenso y hermoso poema en prosa, Las hojas claras transfigura la personalidad de Eugénie Thellier de La Neuville en una metáfora más allá de lo individual, en torno del conflicto en puertas, sin abandonar el tono íntimo de la esperanza y el desasosiego.



LAS HORAS CLARAS, de Jacqueline Goldberg. Premio del XII Concurso Anual Transgenérico. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas, 2014.

sábado, 25 de julio de 2015

El libro en la casa

Las horas claras 
viaja a Las horas claras

En noviembre de 2014 mis adorados amigos Marco Antonio Suárez y Pedro Morales viajaron a la Villa Savoye, la recorrieron, tomaron fotos del libro en su lar natal.









domingo, 26 de octubre de 2014

Por Alberto Hernández en varias páginas


LAS HORAS CLARAS
Por Alberto Hernández
(23/10/2014)

Publicado en: Cinosargo Ediciones





Publicado en: Letralia


1.-
Leo Las horas claras  (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas 2013) como un poema, con toda la libertad que me ofrece una historia que también es novela en la medida en que los personajes se atan y desatan de las anécdotas. Y digo que leo aunque también podría afirmar que canto Las horas claras como un aria, porque tiene sentido si asumo la decisión de leer como si cantara.
La historia podría ser lo de menos, pero no es así. Tanto el fondo como la forma llaman al lector. Aquí se plantea un nivel de lectura, una forma de leer, de estar con una manera de deshacerse de viejas costumbres o mitos, de innombrables facturas de algunos editores en tanto fariseos de la publicación.
Leo Las horas claras con una rara pero cómoda postura espiritual y sicológica. Soy la voz que canta, la voz que cuenta, la voz que va descontando cada segundo de una mujer que quiere una casa en el campo, Madame Savoye. Voz que transmigra. Es decir, no leo una novela: leo un poema como si fuera una novela. O una novela como si fuera un poema. Pero también la siento la crónica de unos sujetos –hombres y mujeres- que se deshacen como la casa mientras el mundo sigue su curso. Leo algo de otro tiempo con un discurso joven, limpio, elegante: leo a Jacqueline Goldberg y siento que Las horas claras representan un género cuya libertad radica en no ser ninguno, por eso entonces  creo levitar sobre la fotografía de la mansión que está a punto de borrarse del paisaje del lector.
Leo, definitivamente, la impresión de un instante. 
2.-
Una historia real, traída entre fragmentos. Una historia en la que flotan unos personajes reconocibles: París, sus adentros borrosos y el vaho del Sena. El campo verde de Poissy en Chemin de Villiers, en el que Le Corbusier (Charles Édouard Jeanneret-Gris) construyó la mencionada casa por porfiadas órdenes  de Eugénie Thellier de La Neuville, esposa de Pierre Savoye. Y fue una porfía en la que se movió mucho dinero, pero también la muerte de una amiga, el recuerdo, la soledad, las ganas de huir de la gran capital y someterse al clima de una campiña.
Me inclino a pensar en los lectores que también podrían caer en el desdén de algunos editores, quienes no encuentran qué hacer con un trabajo de esta naturaleza. De modo que quedarían huérfanos los personas, la manera de contarlos, de hacerlos parte de unas horas y provocar en ellos rasgos que más tarde darían con tesis y teorías como las que pronto aparecerán. Este señalamiento es una crítica directa a esos “editores” que desde lejos ven el libro y luego lo apartan porque no llenan los precipicios de su empresa. La declaración de la autora acerca de este comportamiento, deja ruidos en el ambiente, porque ha pasado con otros libros que llenan las expectativas de X editorial. Pero el pasado es pasado. Hoy, Las horas claras es un libro que ha logrado quemar esa opinión y se ha convertido en una bella referencia literaria.
3.-
Como hablo en primera persona, debo dejar sentado que formo parte de los personajes que habitan en las páginas de la poeta y narradora. Ella es responsable de ese evento: Leer un libro “extraño” no hace “extraños”. Leer una novela que podría ser un poema largo, que podría ser una crónica, que podría ser una referencia nos convierte en una revelación: nos fragmentamos en cada página, en cada número que abre la posibilidad de un nuevo empeño: escribir desde Las horas claras el proceso de escritura de una creadora que no para de inventarse. Ser ella desde sus fantasmas, para recordar a Sábato.
4.-
Jacqueline Goldberg divide su libro en horas, en estadios temporales que avalan los pasos de los personajes y de la misma historia. No me atrevo a decir capítulos, porque no lo son. Son horas, momentos, instantes. Podría llegarse a pensar que la autora imaginó el libro como un poema, porque es poeta, pero el poema se hizo un “extraño” híbrido que enriqueció la pieza y, por supuesto, al lector.
Su mirada puesta en la inscripción latina Nullas numero nisi serenas horas (Solo enumero las horas claras) constituye un precioso y preciso instante para decirnos que la sombra estaba sobre la casa, suerte de paratexto que aglutina toda la atención. Es decir, miramos la casa y la construimos con Le Corbusier, pero también la abandonamos y nos alejamos de Madame Savoye, de una porfía que pudo haber sido enfermiza, delatora de alguna patología.  No obstante, el tiempo le dio la razón: La casa vivía, vive, no es eterna, pero aún sus paredes son capaces de recibir el sol y la lluvia, la nieve y las hojas de la primavera. Una casa que respiró la pólvora de la ocupación, que delató las traiciones, delaciones y efectos de una guerra. La casa de un largo dolor. La casa enumerada bajo la luz que la mujer siempre soñó. ¿Leímos también un sueño? Pues sí, un sueño, un letargo. Los personajes pasan levemente. La escritura es tan cerca a la simbología, a su elegancia misteriosa, que nos hace acreedores de una lucha insistente. ¿Fue un fraude? Ella lo advirtió, lo denunció: la inclemencia y la malignidad de Monsieur Jeanneret quedó en evidencia. Ellas, la casa y la mujer, fueron víctimas de un silencio que no se merecían. Las horas también fueron oscuras, alevosas.  
5.-
Leo Las horas claras como una punzada. Como lector no dejo de ser Madame Savoye. No dejo de sentirla en carne propia. Cada fragmento de esta obra es ella en uno.
Si bien Proust hizo de la margarita un símbolo que aún se sostiene en su lectura, en Las horas claras de Jacqueline Goldberg nos queda el sabor mortal de la oronja verde, un hongo venenoso que pasó por la boca de su amiga Georgette y dejó en Madame Savoye la herida que sólo puede entenderse en el poema de Emile Verhaeren, tomado precisamente del libro Las horas claras (1896), donde se lee: En tiempos en los que tanto sufrí,/ Cuando las horas se me hacían trampas,/ Me entregaste la hospitalaria luz.  
Entonces la luz se sobrepone a la sombra. Allá está la casa, viva aún.   
____________________________________
(*) Con este libro Jacqueline Goldberg ganó la edición XII del Premio del Concurso Anual Transgenérico, Caracas 2012. Igualmente obtuvo el Premio Libro de Año de los Libreros Venezolanos 2014 y fue finalista en el Premio de la Crítica a la Novela 2013.

Por Sofía de Santi en Ensayos a una tinta


“Una casa para no extraviarse”
Por Sofía de Santi
(26/10/2014)

Publicado en Ensayos a una tinta

Termino de leer "Las horas claras" de Jacqueline Goldberg, que recomiendo muchísimo por ser una de las mejores historias que he leído en los últimos meses. Si ustedes quieren leer un poema en prosa, lo leerán con gusto. Si buscan leer una novela, también lean "Las horas claras", porque este libro no se contiene dentro de las etiquetas simples en que encasillamos a los libros y al arte en general. El libro, su historia, va más allá de las estructuras clásicas de las novelas, de la narrativa y de la poesía, va más allá de las estructuras impuestas. Es una historia fragmentada o un poema fragmentado que nos aproxima a la vida de una mujer y el nacimiento de "una casa para no extraviarse", "para que la salvase del desierto" que le resultaba la ciudad de París.
La construcción de la casa es la narración también de una vida. Tal vez sea la misma vida narrada en dos cuerpos. La casa y la vida de Madame Savoye se edifican sobre las mismas bases: el amor, la muerte, la traición, la indiferencia, dolores, lágrimas, lluvia y melancolía. El alma de Madame Savoye conoce de sombras y luces, y no la abandona una tensión interna que crece con el paso de los años y se le acomoda en los huesos como si fueran un solo ser. Es un personaje extraño y muy humano, donde muestra las heridas más profundas con elevada elegancia. No olvidemos nunca dónde se desarrolla la historia: en Francia.
Sea primavera, otoño, invierno o verano, la casa sufre junto a Madame Savoye, ¿o es al revés? La casa vive, ella también. La casa sufre continuos golpes de la naturaleza, ella también. La casa reposa, respira, llora y ella también. La guerra también hace de las suyas en ambas. Pero el peor enemigo, el peor de los castigos, es la casi ausencia de la alegría en la mayoría de su larga vida. Parece que a Madame Savoye no se le dan muy bien estos asuntos, pero hay un párrafo magnifico donde conocemos un rostro más amable del personaje principal (no, no me refiero a la casa sino a ella, la señora de la casa): el gusto por recibir visitas y cocinarles. Magnífica anfitriona que prepara Pierna de cordero con trufas negras (con receta incluida). ¿Se puede pedir más? Sí. Léanla, vale la pena.

domingo, 19 de octubre de 2014

Por Lagartezna Azul en Facebook


Las horas claras
(19/10/2014

Por Lagartezna Azul
(Después de un encuentro en la FILUC, Valencia)


El lector lee desde sí mismo. Desde sus ojos y experiencia. En el libro, consigue un camino de vuelta. Interpreta, intuye, pero, tal vez lo que más haga, sea penetrar el texto y fundirse con lo que de él atrapa.
El respeto al autor siempre me advierte no leer muy rápido. Una idea demora en gestarse, luego en escribirse y demás procesos accesorios… Cuando llega un ejemplar a mis manos, trato de calibrar el esfuerzo, las horas invertidas, la búsqueda del adjetivo perfecto, el ejercicio de autor. Sin embargo, Las horas claras fluye. Una lectura diáfana como su nombre, a la vez que profunda e introspectiva, inteligente, que siente –no sentimental-.
Conversaba Jacqueline Goldberg, en charla casi íntima, que el origen de su libro se remonta a 2004 y fueron varios los años de investigación necesarios para darle forma histórica a una mujer que difícilmente aparece registrada. Se convierte entonces en testimonio y presencia, el poder de la voluntad detrás de un símbolo del siglo XX.
Es un libro femenino, intenso, denso, pero no feminista. No se advierte la necesidad de trepar a un pedestal en pos del lugar masculino, por el contrario, es un texto que se repliega hacia dentro, en la asunción de un deseo que no necesita luces y escena. El discurso es mujer…
Creo que a Cinzia una vez le leí, en mis torpes palabras, algo así como que un libro es pleno cuando uno se da cuenta de que no puede citar frases, sino que tendría que citarlo todo. Eso siento de Las horas claras.
Fragmentariamente lírica, me he aproximado a ella y he encontrado en Villa Savoye a mi propio cuerpo. Mi cuerpo gotea, se resquebraja, llueve por dentro. Mi mama goteó hacia la axila, como cáncer, y yo, Madame Savoye, me encontré desprotegida y sin refugio… Me permito dejar estas líneas de reflexión muy mías para registrar que, si bien todo libro tiene rastros autobiográficos del autor, no es menos cierto que en él se imprimen las huellas personales de quien lee.
Devoré rápido, ansiosa. Subrayé y escribí. Me deleité en las metáforas… Las oronjas verdes… La necesidad de morir puede tener color. En algún momento de la lectura recordé un pequeño libro de Marguerite Duras que contiene dos breves historias: El hombre sentado en el pasillo y El mal de la muerte. Es posible que la referencia a esta escritora provenga de las propias palabras de Jacqueline, pero fue inevitable que volviera mis pasos sobre la mujer tendida y el hombre. Poesía hermética, pensamientos en ráfaga, lenguaje preciso…
La estructura de Las horas claras es bella. Son las horas, todas las horas, se derrama en mí y siento que también las tengo. Para escribir estas cortas líneas, que son más bien un intento poco logrado de expresión, retomo la preciosa edición y vuelvo a leer la dedicatoria. Repaso mis señales en él… Me perturba que en Madame Savoye se desatara “un bestiario” con la maternidad. Supongo que es un asunto oscuro e inconcluso que aún debo dirimir… Luego, la relación con su marido, el hombre que será “por siempre comisura”…
La novela poética, el poema novelado, el “noema” camina y se construye mientras en él se alza la casa en la cual Madame Savoye no se extraviará y se salvará del desierto. Una casa de encuentro y pérdida. La potestad. El ansia volitiva, la sublevación, la emancipación. Ese lugar propio, el sitio único de la mujer, donde sólo ella está.
Luego la decadencia. La vejez, la enfermedad. La pérdida, el desarraigo “mientras la lluvia golpea hacia dentro, incontenible”. La villa, felicidad pasajera… Después la guerra, que “lo deja todo en carne viva”, esa forma bestial del hombre para autodestruirse.
Es novelaútero, interna, carne, sangre. Es “hambre de sí misma, que sigue extraviada. Así su vida, que se topa con una primera puerta, el vértigo de entender que siempre ha sido falta.”
Ésta es la mía. Gracias, Jacqueline, por el placer de la lectura, por tus palabras. Por el encuentro.

martes, 23 de septiembre de 2014

Fotos de la Villa SAVOYE

Un viaje, la memoria

En 2004 la Villa Savoye pasó a formar parte de mi imaginario. Años después se convertiría en Las horas claras. En este link de Flickr (AQUI) están las fotos de aquel viaje maravilloso, todas de Hernán Zamora.


sábado, 13 de septiembre de 2014

Por Adriana Morán Sarmiento en LEEDOR


Las horas claras

Por Adriana Morán Sarmiento
(12/09/2014)

Publicado en Leedor


Madame Savoye es una mujer atormentada por un futuro inevitable: la vejez, la soledad. Madame Savoye se refugia en la idea de una casa. En la casa, y en la idea de ella, en el sueño, y en la representación. Mujer, madre, amante, Madame Savoye busca arraigar sus demonios en esa casa que ella misma perfiló, con la ayuda de un arquitecto descortés e incisivo, un Le Corbusier desconocido en París de la primera mitad del siglo XX.
Este personaje principal de Las horas claras me recordó a Francis, la protagonista de la película Bajo el sol de Toscana, cuando se descubre en su Bramasole añorada. También al relato Escribir de Marguerite Duras. Jacqueline Goldberg la autora de Las horas claras (2013), no escribe sobre una mosca, como Duras, sino de una naturaleza más atroz. Sin embargo no evité imaginarme ese ser diminuto en las paredes blancas y desgastadas de Villa Savoye, mientras cae la lluvia.
Días antes había comentado en una cena, como repuesta a la frase anónima “la buena poesía es la que da felicidad”, que la poesía que a mí me gusta, no es la que da felicidad, al contrario, es la que me remueve recuerdos y tristezas, la que me hace revolcarme en mis fantasmas, y me permite sentir como los personajes en cuestión. Esa es, para mí, la poesía de Jacqueline Goldberg, también venezolana, también maracucha, también amiga.
Una sensación de angustia me había ceñido 10 años antes, cuando leí Una sal donde estoy de pie. Las horas claras no es un poemario, es una novela con versos, es un documento histórico con rasgos de ficción, es una prosa con aderezos históricos.  Esta mixtura le valió el premio del Concurso Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, en Venezuela.
La angustia vuelve fusionada con la nostalgia del lugar que tanto anhelo: la casa.
La casa es la verdadera protagonista del libro, si bien se refleja a través de Madame Savoye. Es la casa la que contiene, la que lastima, la que construye y destruye. Como inmigrante, es un tema que hiere, araña. La casa ansiada que nunca llega. Ese lugar donde se fundan los afectos.
Un malbec acompaña la lectura en una noche clara, mientras en el horno se perfuma una bondiola de cerdo con pimentón rojo y manzanas verdes.

Receta: Bondiola de cerdo con pimentón rojo y manzanas verdes.
Escoger una bondiola grande (1kl aprox.) abrir tipo mariposa, salpimentar. Colocar trozos de manzana verde y cerrar. Untar con mostaza. Aparte licuar dos manzanas verdes, media cebolla y pimentón dulce hasta obtener la mezcla y color ideal. Agregar un poco de agua para mezclar. Colocar la bondiola en un recipiente para horno untado con aceite. Bañar con la mezcla de manzana, cebolla y pimentón. Añadir un poco de miel encima.  Llevar al horno tapado con papel aluminio por una hora. Retirar el papel aluminio y dejar cocinar media hora más. Acompañar con ensalada de verdes.

martes, 9 de septiembre de 2014

Por Gisela Kozak en su BLOG


Entre un Happening y el paso de Las horas claras: novelas del atrevimiento

Por Gisela Kozak
(07/09/2014)

Publicado en Blogpersonal de GK

Que Gustavo Valle se haya atrevido a lanzarse por la senda abierta por  Jack Kerouac,  en su famosa En el camino,  y Jacqueline Goldberg  por la senda de Lluvia, de Victoria de Stefano,  habla de aires distintos en la novelística venezolana, de una diversidad y de unas búsquedas personalísimas premiadas por la La Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, cuya apertura genérica soporta propuestas  fuera de lo común como estas novelas. Sea por la soledad agónica de sus protagonistas, porque ambos textos apelan constantemente al arte, a la búsqueda estética, como redención íntima, la prosa perfecta y serena de Las horas claras  con su mundo burgués  en plena  y contenida tensión, tiene vínculos con  la trepidante novela de Valle, salpicada de barro, sangre, momias, zancudos, teatro del absurdo  y tragos de cerveza. Morocho, Rebeca, Alex, Francis están tan levemente locos como Madame Savoye, y en ellos la modernidad representada en la herencia y el espíritu  de Tadeusz Kantor y Le Corbusier se manifiesta como afirmación rotunda pero amarga de la individualidad. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuatro entrevistas en RADIO

Con ROBERTO LOVERA DE SOLA
(14 de octubre, 2014) 



Buena vibra en Radio Sintonía
Escuchar y ver AQUI


Con FEDOSY SANTAELLA
(3 de septiembre, 2014)

Manual de buena conducta
Escuchar AQUI


Con CÉSAR MIGUEL RONDON
(1 de marzo, 2014)


Escuchar AQUI


En LIBRERÍA SÓNICA
(11 de marzo, 2014)

 Escuchar AQUI

Entrega "Premio al Libro del Año 2013"


Las horas claras, una FIESTA en Librería Kalathos

El domingo 28 de septiembre, a las 2:30 pm, los libreros (de Alejandría, El Buscón, Noctúa, Kalathos, Sopa de Letras y Lugar Común) entregaron el "Premio al Libro del Año 2013" en la Librería Kalathos. Mi libro Las horas claras fue fiesta en la mención Narrativa. Fiesta de afectos, palabras y compromiso.




martes, 2 de septiembre de 2014

PREMIO LIBRO DEL AÑO DE LOS LIBREROS VENEZOLANOS 2014

Veredicto




El Premio Libro del Año 2014 es otorgado, por votación de los libreros, a El lejano oeste de Alejandro Castro, en poesía, y, en narrativa, a Las horas claras de Jacqueline Goldberg. En esta segunda entrega del premio el jurado tuvo la participación de las librerías Alejandría, El Buscón, Noctua, Kalathos, Sopa de Letras y Lugar Común.
El lejano oeste (bid&co, 2013) destaca por su fuerza, su humor irónico y su desfachatez como parte de una propuesta poética que roza lo narrativo-conversacional y construye un estilo personalísimo, claramente marcado ya en una voz tan joven como la de Alejandro Castro. Este segundo poemario amplía el eje temático de su primer libro ―la homosexualidad― para abarcar otras realidades que, desde el mismo título, aluden a lo nacional-urbano (recordándonos proyectos como el del grupo literario Tráfico, clara influencia), sin dejar de perfilar, a su vez, un imaginario universal.
Las horas claras (Cultura Urbana, 2013), al ser una novela escrita por una poeta sobresale inevitablemente, pues Goldberg combina con suma maestría lo mejor de ambos géneros. Su pluma impecable ―a partir de la sencillez del símbolo más contundente y la búsqueda expresa y tácita de la belleza― le da forma al argumento finamente hilado de una trama narrativa capaz de columpiarse, con tanta dicha como elegancia, entre la ficción creadora y la realidad arquitectónica que dio lugar a la fábula. El resultado: horas pacientemente cinceladas en una entrega por fragmentos que construyen una casa preciosa donde reside la luz.
Además de los títulos ganadores, consideramos pertinente otorgar una mención a dos libros fundamentales que fueron publicados durante el mismo período: la mención en poesía va para Casa de pisar duro de Gina Saraceni (Cultura Urbana) y en narrativa para La escribana del viento de Ana Teresa Torres (Alfa).

Caracas, 2 de septiembre de 2014

martes, 26 de agosto de 2014

Por Gabriel Payares / en PRODAVINCI


Jacqueline Goldberg: “La casa es lo único que nos queda”

Por Gabriel Payares
(13 de Agosto, 2014)

Publicado en Prodavinci


Leí por primera vez a la poeta, ensayista y escritora de libros infantiles Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) cuando aún no terminaba la universidad y trabajaba como vendedor de libros para una Fundación venezolana de mucho renombre. Durante mis largas horas de espera por un comprador decidido, indagué en un compendio de obras breves, resultantes de un taller de periodismo literario dictado por la misma Fundación, y allí estaba La vastedad del adiós. Historias sepultadas en un cementerio judío (2003), lectura que me atrapó por su conjugación de lo íntimo y lo histórico en un relato ampliamente documentado. Años después, ya al tanto de la extensa obra poética de Jacqueline, quien es Licenciada en Letras (LUZ) y Doctora en Ciencias Sociales (UCV), aparece su obra ganadora del XII Premio Transgenérico de la Fundación Amigos para la Cultura Urbana: Las horas claras (2012), y mi sensación al leerla fue muy semejante a la de aquel primer encuentro fortuito con su escritura. Lejos del tedio de la novela histórica, sorteando con agilidad los vericuetos del periodismo documental y también los de la prosa poética, esta novela aparece en el panorama editorial venezolano como un rara avis, tanto en su tono, su temática y su estructura.

Las horas claras es una obra interesante desde muchos puntos de vista. Quisiera empezar por la más obvia, que tiene que ver con su talante genérico inusual, a ratos novela histórica, a otros prosa poética, y con su estructura discontinua, breve, casi de entradas en un diario. ¿De qué modo te vinculas con ella en lo íntimo de tu búsqueda poética personal? ¿La consideras realmente una obra “transgenérica”?
Si una obra “transgenérica” es aquella que une y reúne diversos géneros, pues Las horas claras lo es. En su estructura está muy clara la narración, la historia, la investigación y por supuesto, la poesía. Todo cuanto escribo, lo logre o no, pasa por el tamiz de la poesía. Es el lenguaje en el que me siento cómoda, es la ventana desde la que miro la literatura –como lectora y escritora–, es casi lo único para lo que me considero capaz y dispuesta. Me interesan las novelas, los reportajes, todo texto que tenga conciencia del uso de la palabra poética. En todo caso, aunque un repaso fragmentario del libro resalte frases que son propias de poesía, insisto en que se trata de una novela: la escribí pensando en ella como tal, con la firme resolución de contar una historia. De no haber existido el Premio Transgenérico que ganó el libro y gracias al cual se publicó, se habría entendido simplemente como novela y el término “transgenérico” quizá no habría aparecido. Pero me siento cómoda con él. Muchos libros de este siglo podrían perfectamente alinearse a esta etiqueta, que nada tiene de novedosa.

De hecho, experiencias previas de tu autoría como La vastedad del adiós (sobre la fundación de los cementerios judíos en Venezuela) o En idioma de Jazz (sobre la vida y obra de Jacques Braunstein) apuntaban ya tu interés por la reconstrucción íntima de relatos históricos o biográficos, aunque ningún caso, creo, se dio de forma tan abiertamente ficcional como en Las horas claras. ¿De qué manera se conjuga el proceso “periodístico” de documentación, con el “poético” de elaboración literaria?
Documentación es un vocablo que me interesa muchísimo. De hecho, he venido trabajando en varios libros con “poesía documental”, término que no inventé y que me permite estructurar como poesía temas y textos históricos y periodísticos. He dictado incluso talleres de poesía documental que han arrojado conmovedores  textos de los participantes (y pueden verse en http://tallerpoesiadocumental.blogspot.com/). “Es difícil sacar noticias de un poema”, escribió William Carlos Williams en Asfódelo, esa flor verdosa, pero sin duda no lo es extraer poemas de una noticia. En eso creo y con tal materia trabajo. Por eso fue muy natural llevar todo lo investigado sobre Le Corbusier y la Villa Savoye a un lenguaje poético y sumergirlo incluso en algo de ficción. Siento que carezco de dones para la ficción, no sé, no puedo inventar historias. Sólo me siento realmente segura reinventando la realidad que leo, partiendo de documentos.

El símbolo de la casa es central para la construcción de tu novela, pero también para una cierta tradición poética venezolana, enarbolada sobre todo por mujeres. Hablo entre otros de Casa o lobo de Yolanda Pantin, Casa de pisar duro de Gina Saraceni y ciertos textos de Hanni Ossott, que le otorgan a la casa diversos sentidos e interpretaciones estéticas. ¿Cómo responde Las horas claras a esa tradición poética? ¿Qué otros textos de tu autoría también lo hacen? 
La casa es el gran tema de la literatura, no sólo venezolana. Todos hemos anhelado, inaugurado, habitado o perdido una casa. Nos hemos extraviado en sus metáforas. Es vientre, paraíso, palabra. Alegría y dolor. No había pensado en esas otras casas de la poesía venezolana, sin duda entrañables y que han marcado mi poesía. Sólo ahora entiendo cuánto resuenan en mí. Y es que de eso se trata: la tradición se sostiene sobre la actualización de la mirada. Y Las horas claras mira una casa que pudo estar en cualquier lugar y haber sido diseñada por un arquitecto anónimo, aquí mismo. La genealogía del libro fue la lectura de una carta de la señora Savoye defendiendo su casa. Me imaginé entonces encargando una casa, perdiéndola, padeciéndola. Ya antes habían aparecido casas en mi poesía, nunca ajenas: casas de infancia, de sueño, de intemperies temidas. Casas que, como las de Hanni Ossott, tienen ropajes que se apegan “a mi piel interior”. No por casualidad uno de mis libros para niños se titula “La casa sin sombrero” (Alfaguara, 2001).

De hecho, tu novela me recordó también obras de latitudes extranjeras, como en la novela Casa (2004) del peruano Enrique Prochazka, en donde ésta deviene enigma de la memoria fallida del arquitecto; o más aún el relato “Amor” (1960) de la brasileña Clarice Lispector, en el que aborda el tema de la casa, justamente, a partir del de las horas y el paso del tiempo: la narradora habla de “…cuidarse de la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y ya no necesitaba de ella”. ¿Cómo interpretas en lo personal esa relación entre casa y tiempo, casa y memoria, casa e historia?
Una casa, como el rostro y nuestro cuerpo, va admitiendo marcas de los días. Requiere sumo cuidado para no envejecer o hacerlo bien. Se evita a toda costa que una casa muestre decadencia: grietas, manchas, techos caídos. Pero es imposible. Una casa está viva, se contorsiona, sufre. Sus muros guardan secretos. De allí que sean destino turístico obligado ciertas casas de artistas. Se conservan y se promocionan como si preservasen realmente el espíritu de quien creó en ellas. Hay un cierto morbo en descubrir sus legados. Y quizá sea cierto que las casas son capaces de capturar el tiempo, el aliento, la memoria de sus huéspedes. Me gusta como referencia la novela La casa, de Manuel Mujica Lainez. Allí la casa es personaje, tiene voz, cuenta en primera persona la historia de su desmembramiento y el de sus habitantes. Adoro su comienzo: “Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”.

También es frecuente la idea de la casa como correlato no sólo de la vida de sus habitantes, sino también de la historia del país entero, algo que podría leerse en Las horas claras en el capítulo titulado “Las horas líquidas”, cuando la casa bajo asedio del nazismo y de la guerra abunda en goteras y filtraciones. ¿Es eso la patria, una casa en la que guarecerse de la intemperie? ¿O quizás sea la casa la única patria verdadera del hombre, el reducto de lo íntimo y no el panorama del colectivo?
El país –el vocablo patria ha sido por ahora expropiado– es como la casa de Le Corbusier, lo percibo hoy con insalvables goteras. Me duele haberlo soñado tanto y saberlo hecho trizas, haciendo trizas mi vida. La casa en la que soy cada día es otra cosa: refugio, afectos, libros, música, cine, amigos, belleza. Todo. La casa es la gran metáfora de los reductos. Ser en ella nos devuelve a nosotros mientras nos aleja de ese país que debería ser cálido habitáculo y no lo es. La casa es lo único que nos queda, aún con grietas y voces oscuras. Es alma, palabra, sosiego.

¿Se puede, entonces, hacer de la casa una isla? ¿No se corre el riesgo, justamente, de convertirla también en sarcófago, como dice el epígrafe de César Vallejo en tu novela, “una casa vive únicamente de hombres, como una tumba”?
Es un riesgo, sin duda. Pero si la intemperie agobia, el encierro escogido dará triunfos a la vida y a sus ínfimas y necesarias alegrías. Y a la escritura.

Por último, Jacqueline, ¿qué nuevos proyectos te ocupan en la actualidad?
De los libros en construcción nunca hablo. Tengo poemarios y libros infantiles en peregrinaje por editoriales y concursos. Pero no me preocupa el tiempo que pueda transcurrir hasta verlos publicados. La bella edición de Las horas claras apacigua por un rato toda angustia de un próximo libro.

Por Golcar Rojas / en El Blog de GOLCAR


Las horas claras de Jacqueline Goldberg

Por Golcar Rojas
(27 de julio, 2014)

Publicado en El blog de Golcar

Con algunos libros y autores me pasa que en oportunidades leo y al terminar, fascinado con la historia, siento en el fondo que yo podría haberla escrito.
Con Jacqueline Goldberg me sucede todo lo contrario. Termino sus obras absolutamente convencido de que jamás yo podría haber escrito un texto como el que acabo de vivir. Siempre quedo con una extraña sensación de vértigo en la boca del estómago. Un desasosiego. Con un dolor revelado. Un vacío suspendido. Y con una indescriptible inseguridad al momento de querer referirme a lo que acabo de leer porque me da la impresión de que no hay manera de plasmar en una reseña ese mundo que se devela en cada texto de Jac.
“Las horas claras”* no ha sido la excepción. Lo leí a sorbos, despacio. Como quien degusta un fuerte y delicioso brandy que pega en el paladar pero cuyo fuerte sabor fascina, atrae e invita a un siguiente trago. Luego lo releí para descubrir nuevas fascinaciones. Nuevas lecturas. Nuevos sabores.
No es solo ese cabalgar entre la poesía y la prosa, entre la novela y el poema, que la hizo merecedora del premio XII del Concurso Anual Transgenérico, lo que fascina en “Las horas claras”. Es también la habilidad que tiene Jacqueline para encontrar la palabra exacta. Su precisa utilización del lenguaje,  que hace que en un párrafo o verso, con potentes imágenes nos cuente una historia completa para la que cualquier otro escritor precisaría de muchos párrafos.
Las pausas, la respiración que exige la lectura de “Las horas claras” la hacen parecer un poema casi épico. Pocas líneas con imágenes precisas le bastan para contar un capítulo completo. No hay reiteraciones, repeticiones o enumeraciones innecesarias. Cada línea está y cuenta lo que necesita contar.
Al leer y releer “Las horas claras”, me da la sensación de que en la historia se entremezclan las emociones de la protagonista con las de la propia Jacqueline Goldberg.  Parece narrar por momentos, más allá de la historia de la Villa Savoye y la angustia de Madame Eugénie Thellier  de la Neuville, sus vicisitudes con el arquitecto Le Corbusier y esa casa que no parece terminar de ser como la ha soñado, sus propias angustias y temores.
La novela pareciera entreverar magistralmente lo que es la vida de la Villa Savoye, la angustia de Eugénie y las emociones y obsesiones de la narradora. Con la constante, atrayente y atemorizante presencia de esas oronjas verdes que por momentos parecen querer y poder acabar con su atractiva morbidez, con la vida de la protagonista. ¿O son tal vez una amenaza para la casa… o para la narradora?
Es que “Las horas claras” es “… ese paraíso que seguía siendo retrato, autorretrato. Epitafio, vertedero.”. Es esa casa que gotea… gotea… se agrieta… se arruga. Pero ¿es la casa o es Madame Savoye la que se deteriora? ¿O es la propia narradora?
¿Transfiere Jacqueline sus temores y angustias a la Villa Savoye y a la protagonista sus propios temores y angustias o se ha sentido identificada con ellas? Como cuando dice “Lo padeció antes de los cuarenta años, cuando una histerectomía le hizo sentir la proximidad de la muerte. Su cuerpo albergaba malignidades inaguantables. La vaciaron de cuajo. Aun siente mordimientos en el abdomen, cansancio al retroceder”. Y uno inmediatamente se remite a aquella última de las “Postales negras”** que empieza diciendo:

“Sobre el escritorio
reposa fotografiado mi útero descolgado,
amasijo que tan poco dice
de la tenencia y de sus fibras.”.

(…)
“Aún siento mordimientos en el abdomen
cansancio al retroceder.”.

¿Es Madame Savoye o es la Goldberg en ese instante?

Así como en el género, se mezclan, confunden e intercambian las historias. La casa, la protagonista y la narradora parecen ser cada una, metáforas o símiles de las otras.

“La casa ha comenzado a padecer. Aún sin columnas ni desagües. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos”. ¿La casa? Y otra vez:

“La villa comienza a emitir aullidos de cal. Se contorsiona, desobedece, lista para ser habitada”.

Ese posible reflejo entre el personaje y la autora queda plasmado desde el comienzo cuando dice:

“Hubiese querido ser cantante o bailarina o escritora o pintora. Ser alta, robusta, de cabello claro. Habría dado lo que fuese por lucir una voz ronca, mirada punzante, manos sutiles, menos sísmicas.”. ¿Es esta Eugénie o Jacqueline que aferra el lápiz entre sus dedos en su eterna batalla contra los incontrolables temblores?

Así la historia nos va seduciendo. La casa parece habitarnos. La sufrimos y padecemos. Cuando la casa está tomada por los soldados y llueve. Uno siente que sus defectos, esas fallas que enervaban a su dueña, ahora le sirven de defensa y de venganza:

“Llueve. Seguramente también llueve dentro de la villa, sobre las cabezas desorbitadas de los soldados alemanes”.

Ese indefinible mundo entre lo que es, lo que fue y lo que imaginó la autora nos atrapa. Nos envuelve. Vivimos la historia narrada, la guerra que es textual y es metáfora de la guerra interna de personajes y narradora. Nos golpea con mano suave que acaricia.

Un cuerpo se arruga.

Un país se resquebraja.

Una guerra. Unas grietas. Unas gotas. Un temblor.

“Esta casa es más mía que ninguna. Vi crecer sus muros, le veré nacer arrugas. Pero seré yo quien muera.”…

“Las horas claras” es un dolor sin drama. Una tristeza sin llanto. Un sufrimiento sin quejas. Al final, la casa -¿como el cuerpo?-, comienza a ser un padecimiento,  un fantasma que se le viene encima.  Jamás volvería la protagonista a esa casa que recibiría la luz de las horas claras, que traería  la claridad. “El sueño se había hecho inhabitable”.

*Las horas claras, Jacqueline Goldberg. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013.
**Postales negras, Jacqueline Goldberg. Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011.