martes, 26 de agosto de 2014

En la CONTRAPORTADA








En Las horas claras (ganador del XII Premio Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana) se dan cita la ficción novelesca y la historia, historia real, que es el núcleo y corazón de lo narrado, e historia imaginada, la que se desprende como un convincente pudo haber sido de ese punto del pasado revivido y revelado. La historia real: la casa vacacional y fallida, sometida a los avatares de las obras construidas por los humanos a la par o contra la naturaleza y el tiempo, que Madame Savoye, Eugénie Thellier de La Neuville, hizo construir en Poissy por el afamado arquitecto suizo y teórico de la modernidad en arquitectura Le Corbusier. En septiembre de 1928 la casa será encargada y empieza en paralelo el viacrucis. Pero como Jacqueline Goldberg, aquí en función de narradora, es poeta, tendremos que las imágenes, los símbolos, las asociaciones, además de la línea verbal y la impulsión afectiva de la frase, que no deja de deberle mucho a su estro poético, nos sirven de hilo conductor y multiplicador de significados entre los altos y bajos y las desgarraduras íntimas de Madame Savoye y su proyecto edilicio, un utopos como fuga en el tiempo y el espacio en pos de las horas claras. «La luz, muy importante. Y el aire, libre. Quiero una casa sin tiempo, para el tiempo, ni antigua ni moderna. Quiero que en ella el tiempo quede suspendido». Pretensión vana: no hay eternidad ni tiempo suspendido para las cosas de este mundo, aparte del definitivo de la muerte. Pues la historia seguirá su camino: La guerra, la ocupación, las persecuciones, las expropiaciones, las desgracias colectivas, el envejecimiento, el desgaste, sin contar con los fenómenos climatológicos, las lluvias, el invierno, los crujidos de las temperaturas en alza o en baja, las erosiones… Invito al lector a que concentre su atención en los símbolos que, como un motivo recurrente, acompañan de principio a fin el arco de vida de Madame Savoye y la historia que lo cubre, en particular el más contundente: la oronja verde, también llamada Cicuta verde, una bella seta de cuello largo y enorme sombrero, irremediablemente mortífera.
Victoria de Stefano

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