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domingo, 26 de octubre de 2014

Por Alberto Hernández en varias páginas


LAS HORAS CLARAS
Por Alberto Hernández
(23/10/2014)

Publicado en: Cinosargo Ediciones





Publicado en: Letralia


1.-
Leo Las horas claras  (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas 2013) como un poema, con toda la libertad que me ofrece una historia que también es novela en la medida en que los personajes se atan y desatan de las anécdotas. Y digo que leo aunque también podría afirmar que canto Las horas claras como un aria, porque tiene sentido si asumo la decisión de leer como si cantara.
La historia podría ser lo de menos, pero no es así. Tanto el fondo como la forma llaman al lector. Aquí se plantea un nivel de lectura, una forma de leer, de estar con una manera de deshacerse de viejas costumbres o mitos, de innombrables facturas de algunos editores en tanto fariseos de la publicación.
Leo Las horas claras con una rara pero cómoda postura espiritual y sicológica. Soy la voz que canta, la voz que cuenta, la voz que va descontando cada segundo de una mujer que quiere una casa en el campo, Madame Savoye. Voz que transmigra. Es decir, no leo una novela: leo un poema como si fuera una novela. O una novela como si fuera un poema. Pero también la siento la crónica de unos sujetos –hombres y mujeres- que se deshacen como la casa mientras el mundo sigue su curso. Leo algo de otro tiempo con un discurso joven, limpio, elegante: leo a Jacqueline Goldberg y siento que Las horas claras representan un género cuya libertad radica en no ser ninguno, por eso entonces  creo levitar sobre la fotografía de la mansión que está a punto de borrarse del paisaje del lector.
Leo, definitivamente, la impresión de un instante. 
2.-
Una historia real, traída entre fragmentos. Una historia en la que flotan unos personajes reconocibles: París, sus adentros borrosos y el vaho del Sena. El campo verde de Poissy en Chemin de Villiers, en el que Le Corbusier (Charles Édouard Jeanneret-Gris) construyó la mencionada casa por porfiadas órdenes  de Eugénie Thellier de La Neuville, esposa de Pierre Savoye. Y fue una porfía en la que se movió mucho dinero, pero también la muerte de una amiga, el recuerdo, la soledad, las ganas de huir de la gran capital y someterse al clima de una campiña.
Me inclino a pensar en los lectores que también podrían caer en el desdén de algunos editores, quienes no encuentran qué hacer con un trabajo de esta naturaleza. De modo que quedarían huérfanos los personas, la manera de contarlos, de hacerlos parte de unas horas y provocar en ellos rasgos que más tarde darían con tesis y teorías como las que pronto aparecerán. Este señalamiento es una crítica directa a esos “editores” que desde lejos ven el libro y luego lo apartan porque no llenan los precipicios de su empresa. La declaración de la autora acerca de este comportamiento, deja ruidos en el ambiente, porque ha pasado con otros libros que llenan las expectativas de X editorial. Pero el pasado es pasado. Hoy, Las horas claras es un libro que ha logrado quemar esa opinión y se ha convertido en una bella referencia literaria.
3.-
Como hablo en primera persona, debo dejar sentado que formo parte de los personajes que habitan en las páginas de la poeta y narradora. Ella es responsable de ese evento: Leer un libro “extraño” no hace “extraños”. Leer una novela que podría ser un poema largo, que podría ser una crónica, que podría ser una referencia nos convierte en una revelación: nos fragmentamos en cada página, en cada número que abre la posibilidad de un nuevo empeño: escribir desde Las horas claras el proceso de escritura de una creadora que no para de inventarse. Ser ella desde sus fantasmas, para recordar a Sábato.
4.-
Jacqueline Goldberg divide su libro en horas, en estadios temporales que avalan los pasos de los personajes y de la misma historia. No me atrevo a decir capítulos, porque no lo son. Son horas, momentos, instantes. Podría llegarse a pensar que la autora imaginó el libro como un poema, porque es poeta, pero el poema se hizo un “extraño” híbrido que enriqueció la pieza y, por supuesto, al lector.
Su mirada puesta en la inscripción latina Nullas numero nisi serenas horas (Solo enumero las horas claras) constituye un precioso y preciso instante para decirnos que la sombra estaba sobre la casa, suerte de paratexto que aglutina toda la atención. Es decir, miramos la casa y la construimos con Le Corbusier, pero también la abandonamos y nos alejamos de Madame Savoye, de una porfía que pudo haber sido enfermiza, delatora de alguna patología.  No obstante, el tiempo le dio la razón: La casa vivía, vive, no es eterna, pero aún sus paredes son capaces de recibir el sol y la lluvia, la nieve y las hojas de la primavera. Una casa que respiró la pólvora de la ocupación, que delató las traiciones, delaciones y efectos de una guerra. La casa de un largo dolor. La casa enumerada bajo la luz que la mujer siempre soñó. ¿Leímos también un sueño? Pues sí, un sueño, un letargo. Los personajes pasan levemente. La escritura es tan cerca a la simbología, a su elegancia misteriosa, que nos hace acreedores de una lucha insistente. ¿Fue un fraude? Ella lo advirtió, lo denunció: la inclemencia y la malignidad de Monsieur Jeanneret quedó en evidencia. Ellas, la casa y la mujer, fueron víctimas de un silencio que no se merecían. Las horas también fueron oscuras, alevosas.  
5.-
Leo Las horas claras como una punzada. Como lector no dejo de ser Madame Savoye. No dejo de sentirla en carne propia. Cada fragmento de esta obra es ella en uno.
Si bien Proust hizo de la margarita un símbolo que aún se sostiene en su lectura, en Las horas claras de Jacqueline Goldberg nos queda el sabor mortal de la oronja verde, un hongo venenoso que pasó por la boca de su amiga Georgette y dejó en Madame Savoye la herida que sólo puede entenderse en el poema de Emile Verhaeren, tomado precisamente del libro Las horas claras (1896), donde se lee: En tiempos en los que tanto sufrí,/ Cuando las horas se me hacían trampas,/ Me entregaste la hospitalaria luz.  
Entonces la luz se sobrepone a la sombra. Allá está la casa, viva aún.   
____________________________________
(*) Con este libro Jacqueline Goldberg ganó la edición XII del Premio del Concurso Anual Transgenérico, Caracas 2012. Igualmente obtuvo el Premio Libro de Año de los Libreros Venezolanos 2014 y fue finalista en el Premio de la Crítica a la Novela 2013.

martes, 9 de septiembre de 2014

Por Gisela Kozak en su BLOG


Entre un Happening y el paso de Las horas claras: novelas del atrevimiento

Por Gisela Kozak
(07/09/2014)

Publicado en Blogpersonal de GK

Que Gustavo Valle se haya atrevido a lanzarse por la senda abierta por  Jack Kerouac,  en su famosa En el camino,  y Jacqueline Goldberg  por la senda de Lluvia, de Victoria de Stefano,  habla de aires distintos en la novelística venezolana, de una diversidad y de unas búsquedas personalísimas premiadas por la La Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, cuya apertura genérica soporta propuestas  fuera de lo común como estas novelas. Sea por la soledad agónica de sus protagonistas, porque ambos textos apelan constantemente al arte, a la búsqueda estética, como redención íntima, la prosa perfecta y serena de Las horas claras  con su mundo burgués  en plena  y contenida tensión, tiene vínculos con  la trepidante novela de Valle, salpicada de barro, sangre, momias, zancudos, teatro del absurdo  y tragos de cerveza. Morocho, Rebeca, Alex, Francis están tan levemente locos como Madame Savoye, y en ellos la modernidad representada en la herencia y el espíritu  de Tadeusz Kantor y Le Corbusier se manifiesta como afirmación rotunda pero amarga de la individualidad. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuatro entrevistas en RADIO

Con ROBERTO LOVERA DE SOLA
(14 de octubre, 2014) 



Buena vibra en Radio Sintonía
Escuchar y ver AQUI


Con FEDOSY SANTAELLA
(3 de septiembre, 2014)

Manual de buena conducta
Escuchar AQUI


Con CÉSAR MIGUEL RONDON
(1 de marzo, 2014)


Escuchar AQUI


En LIBRERÍA SÓNICA
(11 de marzo, 2014)

 Escuchar AQUI

martes, 26 de agosto de 2014

Por Gabriel Payares / en PRODAVINCI


Jacqueline Goldberg: “La casa es lo único que nos queda”

Por Gabriel Payares
(13 de Agosto, 2014)

Publicado en Prodavinci


Leí por primera vez a la poeta, ensayista y escritora de libros infantiles Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) cuando aún no terminaba la universidad y trabajaba como vendedor de libros para una Fundación venezolana de mucho renombre. Durante mis largas horas de espera por un comprador decidido, indagué en un compendio de obras breves, resultantes de un taller de periodismo literario dictado por la misma Fundación, y allí estaba La vastedad del adiós. Historias sepultadas en un cementerio judío (2003), lectura que me atrapó por su conjugación de lo íntimo y lo histórico en un relato ampliamente documentado. Años después, ya al tanto de la extensa obra poética de Jacqueline, quien es Licenciada en Letras (LUZ) y Doctora en Ciencias Sociales (UCV), aparece su obra ganadora del XII Premio Transgenérico de la Fundación Amigos para la Cultura Urbana: Las horas claras (2012), y mi sensación al leerla fue muy semejante a la de aquel primer encuentro fortuito con su escritura. Lejos del tedio de la novela histórica, sorteando con agilidad los vericuetos del periodismo documental y también los de la prosa poética, esta novela aparece en el panorama editorial venezolano como un rara avis, tanto en su tono, su temática y su estructura.

Las horas claras es una obra interesante desde muchos puntos de vista. Quisiera empezar por la más obvia, que tiene que ver con su talante genérico inusual, a ratos novela histórica, a otros prosa poética, y con su estructura discontinua, breve, casi de entradas en un diario. ¿De qué modo te vinculas con ella en lo íntimo de tu búsqueda poética personal? ¿La consideras realmente una obra “transgenérica”?
Si una obra “transgenérica” es aquella que une y reúne diversos géneros, pues Las horas claras lo es. En su estructura está muy clara la narración, la historia, la investigación y por supuesto, la poesía. Todo cuanto escribo, lo logre o no, pasa por el tamiz de la poesía. Es el lenguaje en el que me siento cómoda, es la ventana desde la que miro la literatura –como lectora y escritora–, es casi lo único para lo que me considero capaz y dispuesta. Me interesan las novelas, los reportajes, todo texto que tenga conciencia del uso de la palabra poética. En todo caso, aunque un repaso fragmentario del libro resalte frases que son propias de poesía, insisto en que se trata de una novela: la escribí pensando en ella como tal, con la firme resolución de contar una historia. De no haber existido el Premio Transgenérico que ganó el libro y gracias al cual se publicó, se habría entendido simplemente como novela y el término “transgenérico” quizá no habría aparecido. Pero me siento cómoda con él. Muchos libros de este siglo podrían perfectamente alinearse a esta etiqueta, que nada tiene de novedosa.

De hecho, experiencias previas de tu autoría como La vastedad del adiós (sobre la fundación de los cementerios judíos en Venezuela) o En idioma de Jazz (sobre la vida y obra de Jacques Braunstein) apuntaban ya tu interés por la reconstrucción íntima de relatos históricos o biográficos, aunque ningún caso, creo, se dio de forma tan abiertamente ficcional como en Las horas claras. ¿De qué manera se conjuga el proceso “periodístico” de documentación, con el “poético” de elaboración literaria?
Documentación es un vocablo que me interesa muchísimo. De hecho, he venido trabajando en varios libros con “poesía documental”, término que no inventé y que me permite estructurar como poesía temas y textos históricos y periodísticos. He dictado incluso talleres de poesía documental que han arrojado conmovedores  textos de los participantes (y pueden verse en http://tallerpoesiadocumental.blogspot.com/). “Es difícil sacar noticias de un poema”, escribió William Carlos Williams en Asfódelo, esa flor verdosa, pero sin duda no lo es extraer poemas de una noticia. En eso creo y con tal materia trabajo. Por eso fue muy natural llevar todo lo investigado sobre Le Corbusier y la Villa Savoye a un lenguaje poético y sumergirlo incluso en algo de ficción. Siento que carezco de dones para la ficción, no sé, no puedo inventar historias. Sólo me siento realmente segura reinventando la realidad que leo, partiendo de documentos.

El símbolo de la casa es central para la construcción de tu novela, pero también para una cierta tradición poética venezolana, enarbolada sobre todo por mujeres. Hablo entre otros de Casa o lobo de Yolanda Pantin, Casa de pisar duro de Gina Saraceni y ciertos textos de Hanni Ossott, que le otorgan a la casa diversos sentidos e interpretaciones estéticas. ¿Cómo responde Las horas claras a esa tradición poética? ¿Qué otros textos de tu autoría también lo hacen? 
La casa es el gran tema de la literatura, no sólo venezolana. Todos hemos anhelado, inaugurado, habitado o perdido una casa. Nos hemos extraviado en sus metáforas. Es vientre, paraíso, palabra. Alegría y dolor. No había pensado en esas otras casas de la poesía venezolana, sin duda entrañables y que han marcado mi poesía. Sólo ahora entiendo cuánto resuenan en mí. Y es que de eso se trata: la tradición se sostiene sobre la actualización de la mirada. Y Las horas claras mira una casa que pudo estar en cualquier lugar y haber sido diseñada por un arquitecto anónimo, aquí mismo. La genealogía del libro fue la lectura de una carta de la señora Savoye defendiendo su casa. Me imaginé entonces encargando una casa, perdiéndola, padeciéndola. Ya antes habían aparecido casas en mi poesía, nunca ajenas: casas de infancia, de sueño, de intemperies temidas. Casas que, como las de Hanni Ossott, tienen ropajes que se apegan “a mi piel interior”. No por casualidad uno de mis libros para niños se titula “La casa sin sombrero” (Alfaguara, 2001).

De hecho, tu novela me recordó también obras de latitudes extranjeras, como en la novela Casa (2004) del peruano Enrique Prochazka, en donde ésta deviene enigma de la memoria fallida del arquitecto; o más aún el relato “Amor” (1960) de la brasileña Clarice Lispector, en el que aborda el tema de la casa, justamente, a partir del de las horas y el paso del tiempo: la narradora habla de “…cuidarse de la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y ya no necesitaba de ella”. ¿Cómo interpretas en lo personal esa relación entre casa y tiempo, casa y memoria, casa e historia?
Una casa, como el rostro y nuestro cuerpo, va admitiendo marcas de los días. Requiere sumo cuidado para no envejecer o hacerlo bien. Se evita a toda costa que una casa muestre decadencia: grietas, manchas, techos caídos. Pero es imposible. Una casa está viva, se contorsiona, sufre. Sus muros guardan secretos. De allí que sean destino turístico obligado ciertas casas de artistas. Se conservan y se promocionan como si preservasen realmente el espíritu de quien creó en ellas. Hay un cierto morbo en descubrir sus legados. Y quizá sea cierto que las casas son capaces de capturar el tiempo, el aliento, la memoria de sus huéspedes. Me gusta como referencia la novela La casa, de Manuel Mujica Lainez. Allí la casa es personaje, tiene voz, cuenta en primera persona la historia de su desmembramiento y el de sus habitantes. Adoro su comienzo: “Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”.

También es frecuente la idea de la casa como correlato no sólo de la vida de sus habitantes, sino también de la historia del país entero, algo que podría leerse en Las horas claras en el capítulo titulado “Las horas líquidas”, cuando la casa bajo asedio del nazismo y de la guerra abunda en goteras y filtraciones. ¿Es eso la patria, una casa en la que guarecerse de la intemperie? ¿O quizás sea la casa la única patria verdadera del hombre, el reducto de lo íntimo y no el panorama del colectivo?
El país –el vocablo patria ha sido por ahora expropiado– es como la casa de Le Corbusier, lo percibo hoy con insalvables goteras. Me duele haberlo soñado tanto y saberlo hecho trizas, haciendo trizas mi vida. La casa en la que soy cada día es otra cosa: refugio, afectos, libros, música, cine, amigos, belleza. Todo. La casa es la gran metáfora de los reductos. Ser en ella nos devuelve a nosotros mientras nos aleja de ese país que debería ser cálido habitáculo y no lo es. La casa es lo único que nos queda, aún con grietas y voces oscuras. Es alma, palabra, sosiego.

¿Se puede, entonces, hacer de la casa una isla? ¿No se corre el riesgo, justamente, de convertirla también en sarcófago, como dice el epígrafe de César Vallejo en tu novela, “una casa vive únicamente de hombres, como una tumba”?
Es un riesgo, sin duda. Pero si la intemperie agobia, el encierro escogido dará triunfos a la vida y a sus ínfimas y necesarias alegrías. Y a la escritura.

Por último, Jacqueline, ¿qué nuevos proyectos te ocupan en la actualidad?
De los libros en construcción nunca hablo. Tengo poemarios y libros infantiles en peregrinaje por editoriales y concursos. Pero no me preocupa el tiempo que pueda transcurrir hasta verlos publicados. La bella edición de Las horas claras apacigua por un rato toda angustia de un próximo libro.

Por Golcar Rojas / en El Blog de GOLCAR


Las horas claras de Jacqueline Goldberg

Por Golcar Rojas
(27 de julio, 2014)

Publicado en El blog de Golcar

Con algunos libros y autores me pasa que en oportunidades leo y al terminar, fascinado con la historia, siento en el fondo que yo podría haberla escrito.
Con Jacqueline Goldberg me sucede todo lo contrario. Termino sus obras absolutamente convencido de que jamás yo podría haber escrito un texto como el que acabo de vivir. Siempre quedo con una extraña sensación de vértigo en la boca del estómago. Un desasosiego. Con un dolor revelado. Un vacío suspendido. Y con una indescriptible inseguridad al momento de querer referirme a lo que acabo de leer porque me da la impresión de que no hay manera de plasmar en una reseña ese mundo que se devela en cada texto de Jac.
“Las horas claras”* no ha sido la excepción. Lo leí a sorbos, despacio. Como quien degusta un fuerte y delicioso brandy que pega en el paladar pero cuyo fuerte sabor fascina, atrae e invita a un siguiente trago. Luego lo releí para descubrir nuevas fascinaciones. Nuevas lecturas. Nuevos sabores.
No es solo ese cabalgar entre la poesía y la prosa, entre la novela y el poema, que la hizo merecedora del premio XII del Concurso Anual Transgenérico, lo que fascina en “Las horas claras”. Es también la habilidad que tiene Jacqueline para encontrar la palabra exacta. Su precisa utilización del lenguaje,  que hace que en un párrafo o verso, con potentes imágenes nos cuente una historia completa para la que cualquier otro escritor precisaría de muchos párrafos.
Las pausas, la respiración que exige la lectura de “Las horas claras” la hacen parecer un poema casi épico. Pocas líneas con imágenes precisas le bastan para contar un capítulo completo. No hay reiteraciones, repeticiones o enumeraciones innecesarias. Cada línea está y cuenta lo que necesita contar.
Al leer y releer “Las horas claras”, me da la sensación de que en la historia se entremezclan las emociones de la protagonista con las de la propia Jacqueline Goldberg.  Parece narrar por momentos, más allá de la historia de la Villa Savoye y la angustia de Madame Eugénie Thellier  de la Neuville, sus vicisitudes con el arquitecto Le Corbusier y esa casa que no parece terminar de ser como la ha soñado, sus propias angustias y temores.
La novela pareciera entreverar magistralmente lo que es la vida de la Villa Savoye, la angustia de Eugénie y las emociones y obsesiones de la narradora. Con la constante, atrayente y atemorizante presencia de esas oronjas verdes que por momentos parecen querer y poder acabar con su atractiva morbidez, con la vida de la protagonista. ¿O son tal vez una amenaza para la casa… o para la narradora?
Es que “Las horas claras” es “… ese paraíso que seguía siendo retrato, autorretrato. Epitafio, vertedero.”. Es esa casa que gotea… gotea… se agrieta… se arruga. Pero ¿es la casa o es Madame Savoye la que se deteriora? ¿O es la propia narradora?
¿Transfiere Jacqueline sus temores y angustias a la Villa Savoye y a la protagonista sus propios temores y angustias o se ha sentido identificada con ellas? Como cuando dice “Lo padeció antes de los cuarenta años, cuando una histerectomía le hizo sentir la proximidad de la muerte. Su cuerpo albergaba malignidades inaguantables. La vaciaron de cuajo. Aun siente mordimientos en el abdomen, cansancio al retroceder”. Y uno inmediatamente se remite a aquella última de las “Postales negras”** que empieza diciendo:

“Sobre el escritorio
reposa fotografiado mi útero descolgado,
amasijo que tan poco dice
de la tenencia y de sus fibras.”.

(…)
“Aún siento mordimientos en el abdomen
cansancio al retroceder.”.

¿Es Madame Savoye o es la Goldberg en ese instante?

Así como en el género, se mezclan, confunden e intercambian las historias. La casa, la protagonista y la narradora parecen ser cada una, metáforas o símiles de las otras.

“La casa ha comenzado a padecer. Aún sin columnas ni desagües. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos”. ¿La casa? Y otra vez:

“La villa comienza a emitir aullidos de cal. Se contorsiona, desobedece, lista para ser habitada”.

Ese posible reflejo entre el personaje y la autora queda plasmado desde el comienzo cuando dice:

“Hubiese querido ser cantante o bailarina o escritora o pintora. Ser alta, robusta, de cabello claro. Habría dado lo que fuese por lucir una voz ronca, mirada punzante, manos sutiles, menos sísmicas.”. ¿Es esta Eugénie o Jacqueline que aferra el lápiz entre sus dedos en su eterna batalla contra los incontrolables temblores?

Así la historia nos va seduciendo. La casa parece habitarnos. La sufrimos y padecemos. Cuando la casa está tomada por los soldados y llueve. Uno siente que sus defectos, esas fallas que enervaban a su dueña, ahora le sirven de defensa y de venganza:

“Llueve. Seguramente también llueve dentro de la villa, sobre las cabezas desorbitadas de los soldados alemanes”.

Ese indefinible mundo entre lo que es, lo que fue y lo que imaginó la autora nos atrapa. Nos envuelve. Vivimos la historia narrada, la guerra que es textual y es metáfora de la guerra interna de personajes y narradora. Nos golpea con mano suave que acaricia.

Un cuerpo se arruga.

Un país se resquebraja.

Una guerra. Unas grietas. Unas gotas. Un temblor.

“Esta casa es más mía que ninguna. Vi crecer sus muros, le veré nacer arrugas. Pero seré yo quien muera.”…

“Las horas claras” es un dolor sin drama. Una tristeza sin llanto. Un sufrimiento sin quejas. Al final, la casa -¿como el cuerpo?-, comienza a ser un padecimiento,  un fantasma que se le viene encima.  Jamás volvería la protagonista a esa casa que recibiría la luz de las horas claras, que traería  la claridad. “El sueño se había hecho inhabitable”.

*Las horas claras, Jacqueline Goldberg. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013.
**Postales negras, Jacqueline Goldberg. Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011.

Por Héctor Torres / en CLÍMAX


Jacqueline Goldberg, literatura QUE SALVA

Por Héctor Torres
@hectorres
(Junio, 2013)
Publicado en Clímax
Tiene todo la estructura ósea de un gran poeta, incluso cuando las manos la hacen temblar. Sus letras, sin embargo, no vacilan, aunque en el trayecto de hacerse haya llantos y guerras. Jaqueline Goldberg se sabe plena cuando escribe. Cuando una palabra, una idea o un ordinario hecho la conducen a la creación literaria
Maracaibo, 1966. Al matrimonio conformado por la odontóloga Elsa Kapuschewski y el optometrista Raphael Goldberg, le nace su primer hijo. Es el 24 de noviembre. Es hembra. Le ponen por nombre Jacqueline.
10 años después, la primogénita de los Goldberg comienza a escribir relatos. No es un capricho, ni un impulso repentino. Es el resultado de una infancia marcada por el acoso escolar al que se vio sometida a causa de su baja estatura y el temblor de sus manos. También entrecruzada por momentos maravillosos y una familia que le obsequió fortaleza. Condensó en la escritura, de esta manera, la soledad y el amor con los que enmarcó el lugar desde donde miraba el mundo.
A los 12 años comenzó a escribir poesía. Como un emisario de los tiempos que se avecinaban, la creación literaria afloró para prepararla para la adolescencia —que añadió a ese mundo de hostilidades externas, las depresiones de esa confusa edad. “Sin la literatura le habría dado más dolores de cabeza a mis padres”, señala.
Construía el universo que se convertiría, a un mismo tiempo, en muralla y puente. Desde entonces no ha pasado un día en toda su vida en que no lea siquiera unas líneas, “aunque sea en el baño”. Tanto, que no logra recordar el primer libro que leyó. Recuerda, en cambio, el significativo momento en que, con 12 años, compró —léase bien: compró; no se lo compraron— su primer poemario: 20 poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.
Luego vendrían, entre títulos obligados por el colegio y otros que conformaban la biblioteca paterna, los libros iniciáticos. Los nombra como si los estuviera viendo frente a sí: El túnel, de Ernesto Sábato; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stephen Zweig, los cuales no vinieron precedidos de una etapa de literatura infantil. “No fui una lectora precoz. No recuerdo libros especiales en mi infancia”, afirma.
…
Caracas, 1991. Un año después de haberse graduado —no solo Cum Laude, sino siendo la primera de su promoción— en la Facultad de Letras de la Universidad del Zulia, mención “Investigación y crítica”, se traslada a Caracas, que sería su domicilio desde entonces. Comienzo de agosto, y de su nueva vida. Llegó de la mano de un trabajo en el entonces recién creado Museo de Artes Visuales Alejandro Otero, que obtuvo tras responder un aviso de prensa.
Entre las situaciones inolvidables de esa época, aún se evoca barriendo una sala de la institución mientras el ministro de Cultura inauguraba, en la planta baja, la exposición por la que había estado trabajando, literalmente, toda la noche anterior.
Estaba por cumplir 25 años, y ya había publicado los poemarios Treinta soles desaparecidos (1985), De un mismo centro (1986), En todos los lugares bajo todos los signos (1987), Luba (1988), A fuerza de ciudad (1990) y Trastienda (1991). Este último fue finalista en el Premio Casa de las Américas, de 1990.
Comenzaba a transitar su propia vida, con todo lo que trae de anhelo y terror. Y aunque en adelante transcurrió en Caracas, mantuvo inalterables rasgos marcadamente maracuchos, como su desdén por Maracaibo como ciudad. “Nada más maracucho que eso”, acota. También su pasión por esa gastronomía —comer pan con queso en un puesto callejero se encuentra, junto a mirar el lago y el afecto por sus padres y amigos, entre sus más entrañables querencias— y un respetable catálogo de groserías… que solo salen a flote cuando se molesta.
De judía, en cambio, siente que conserva una mirada que confunde mundo y raíz, asombro y tradición. “Muchas veces afirmé que me sentía poco judía, pero los años me han dicho que no es tan así. Soy una madre absolutamente judía, que se siente a veces culpable y muy preocupada porque el crío coma. Del judaísmo me queda arena y desiertos, exilios y una sensación de no pertenecer”.
Posee, además, su propia manera de practicar la religión. “No voy a la sinagoga. Me gustan las tradiciones asociadas a lo culinario y lo festivo, y la literatura de impronta judía, en la que busco espejos”.
…
Caracas, 1998. Recibe su doctorado Cum laude en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela. Por esa época conoce al arquitecto, poeta y profesor universitario Hernán Zamora, con el que tiene en la actualidad 16 años de matrimonio, “tras unos pocos meses de noviazgo”, como ella misma precisa. “Fue amor al primer tecleado. Nos conocimos por Internet. No había entonces chats, solo correos que iban y venían. 10 días después del primer correo nos vimos y no nos separamos ya nunca más”, rememora. Tenía 32.
A los pocos años nace su hijo, Santiago, el cual redefiniría su visión de la vida. “La responsabilidad de vivir entre pequeñas alegrías dejó de ser una opción para convertirse en mandato cotidiano”, sentencia. “A Santiago, por cierto, no le interesa la poesía. Pero, de haber asistido a recitales poéticos desde que estaba en el coche, algo quedará”, confía Goldberg, acotando que, de hecho, es músico. “Y muy serio. Ahí hay poesía”.
Otra de sus grandes pasiones es la gastronomía. Se remonta a la época en que “Ben Amí Fihman comenzó a obligarme a traducir recetas para la revista Cocina y vino, aparte de mi trabajo en la revista Exceso“, pero también le viene del hogar. Su padre es un magnífico cocinero. Ella, en cambio, por falta de tiempo, cocina poco. Aunque asegura que jamás la han dejado mal parada el risotto, las pastas y la sopa de cebolla. No es amante de los postres muy elaborados. Le basta un trozo de chocolate negro. Y el vaso gigante de Toddy que se prepara a cualquier hora, “pero sobre todo en las mañanas”.
…
Poissy, cerca de París, 2004. Ese año se iniciaría el largo camino de su más reciente producción literaria, cuyo trayecto abarcaría casi una década: su novela Las horas claras, ganadora del XII Concurso Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana. En octubre acompañaría a su esposo, Hernán Zamora, a la consabida —para todo arquitecto— peregrinación a la famosa Villa Savoye, reconocida pieza arquitectónica del mítico Le Corbusier.
Zamora estuvo ocho horas dibujando y tomando fotos de la casa. Mientras ella se dedicó a recorrerla en silencio, se recostó en un chaise longue de Le Corbusier, leyó, hizo una siesta… comenzaba a aburrirse cuando vio una pequeña exposición donde había una carta de Madame Savoye dirigida a Le Corbusier, en la que especificaba cómo quería la casa. Goldberg, más lectora de narrativa que de poesía, sabía que tarde o temprano llegaría a la novela. En ese momento supo que esa historia la había estado esperando para abordar finalmente el género.
“Apenas regresé a Caracas, comencé a investigar y, viendo que encontraba muy poco, escribí a la Fundación Le Corbusier en París. Al día siguiente estaban en mi correo ocho cartas manuscritas de la señora Savoye dirigidas a Le Corbusier”, comenta con revivido entusiasmo, para agregar que “me tomó unos tres años la investigación, escritura, definición del género y el reconocer que no me interesaba el género”.
No se trata de una novela convencional. Los editores que la tuvieron en sus manos argumentaban que no tenían espacio para un texto de esa naturaleza. “No es un poemario ni una novela”, comentaban. Esa misma hibridez que hacía desconfiar a editores hizo que ella probara fortuna en un concurso que, precisamente, exaltaba esa condición: el Transgenérico de la Cultura Urbana.
Era 2012 y ya habían transcurridos ocho años desde la visita a la Villa Savoye. Además de escribir, Jacqueline Goldberg dirige, desde hace cuatro años, el Festival Internacional de Cine Judío de Caracas. También maneja redes sociales para empresas del ámbito gastronómico, escribe para diversos medios y edita libros para terceros.
Ha abordado el reportaje, la crónica, la entrevista, el ensayo, la literatura infantil… ¿Cuál es el género, aparte de la poesía, que más le complace escribir? “Todos, pero siempre desde la respiración poética”, asegura. La poesía, ese lugar de silencio y soledad, es para ella un ejercicio de meditación. El lugar de la autoconfesión. Pero le resta misterios a su ejercicio: “Un poeta es una persona de a pie, que se permite pausas para mirar y hurgar en las palabras”, dice.

¿Cómo germina y crece un poema de Jacqueline Goldberg? “Todo comienza con una obsesión: por una palabra, una idea, una situación, unos ojos. Esa obsesión conduce al tema y a la voz que exige ese tema. Empiezo a escribir en la pantalla en blanco. Raramente es cuestión de reflexión anterior o de servilletas con anotaciones”. Cada libro tiene su historia, sus tiempos. “Cuando logro leerlo sin quitar una palabra, puedo pensar en un primer intento con un editor o un concurso. Pero ese viaje es largo. Soy muy obsesiva con el lenguaje, aún en el arte final de un libro que ya está en imprenta, sigo corrigiendo. Creo en aquello de que los libros no se terminan sino que se abandonan”, señala esta ferviente discípula de poetas como Paul Celan, Marguerite Duras y Edmond Jabès.

Y aunque confiesa que aún no puede dedicarse a diario a la producción literaria de su obra, esta prolífica autora ha publicado 14 poemarios, entre los que destacan El orden de las ramas —Ediciones Torremozas, Madrid, 2003—, Verbos predadores, poesía reunida 1986-2006 —Editorial Equinoccio, 2007—, Postales Negras —Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011— y su reciente novela Las horas claras. También ha escrito ensayos, biografías, testimonios, diversos títulos para niños y hasta una obra de teatro.
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Caracas, 2014. Los libros tienen su vida propia y buscan su propio camino. Y, como los sueños, ensayan sus propias simbologías. Las horas claras ha debido posponer en un par de ocasiones su aparición definitiva. No son pocos los agradecidos lectores que, sin embargo, han encontrado en sus páginas un refugio de sosiego y belleza. Atisbos de un horizonte de mayor claridad. Como el del país, el camino de Las horas claras para consumar su destino ha sido tortuoso y lento. Y, como con el libro, por fatigoso que sea el camino, en algún momento se alcanzará esa luz.
Goldberg, entretanto, sigue escribiendo. ¿Llegará el momento en que deje de hacerlo?, le pregunto. “Quizá llegue el momento en que decida que no habrá un próximo libro publicado (mis poemarios tienen todos tema, estructura), pero un poema siempre vendrá. Al menos eso espero”.


Fotos:  Alejandro Cremades

Por Gustavo Valle / en PRODAVINCI


‘Las horas claras’, de Jacqueline Goldberg

Por Gustavo Valle
(28 de abril, 2014)

Publicado en Prodavinci

¿Novela, poema, relato, fragmento histórico? ¿Escritura híbrida, cruce, mixtura, mezclaje? Poco importa. El denominado “género” literario es muchas veces una prótesis de lectura, una muleta que nos ayuda a caminar sobre las páginas sin caernos. Entre los muchos deberes que tiene un lector está el de hacer a un lado el envase genérico en el que viene la obra, y atreverse a meter sus narices dispuesto a encontrar en los libros no solo una buena historia sino una nueva manera de leer. La lectura, pues, como una permanente pregunta acerca de cómo leemos, y qué mecanismos empleamos en ese momento en que nos encontramos cara a cara con la obra. Leer es siempre (una y otra vez) aprender a leer, porque un libro, al menos los buenos, suele desafiar nuestra comodidad lectora.
Todo esto lo digo porque Las horas claras de Jacqueline Goldberg es un libro escurridizo, inaprensible, desafiante. Un libro que es muchos libros. Su trabajada prosa, llena de precisiones y sutilezas estéticas, busca permanentemente el argumento de un relato que a su vez persigue de manera obsesiva su propia estrategia de narración. Hay pues una tensión constante en lo que se dice y cómo se dice, y esta tensión hace parte constitutiva de la propuesta narrativa de este libro. Al leerlo, nos ocurre algo parecido al recordar un sueño: no contamos con todos los detalles pero nos queda el nervio con que late la memoria. Incluso el contexto histórico en el que se desenvuelve está dado por pinceladas de paisajes políticos y sociales que laten al fondo con sus contornos deliberadamente desdibujados, lo que otorga al conjunto la fuerza de un cuadro impresionista.
La anécdota puede resultar algo extraña o lejana a nuestra rabiosa realidad más inmediata: Madame Savoye, una mujer de la alta burguesía francesa, hace construir una casa (Villa Savoye) por Le Corbusier, y esa casa termina albergando, casi siempre deshabitada, los sueños o angustias que parecen ocupar la vida de esta dama y reflejar a su vez las turbulencias de la primera mitad de un Siglo XX en guerra. La atmósfera aérea e incorpórea, muchas veces llena de silencios angustiantes, hace pensar en cierta narrativa centroeuropea (pienso en Fleur Jaeggy), es decir esa narrativa que suele construir sus relatos con el auxilio de fragmentos, cartas, monólogos interiores, voces fantasmas y toda clase de recursos mentales para establecer el mundo íntimo de sus personajes.
Su argumento simple no atenta contra su densidad y sus diversos planos de lectura, entre ellos la inevitable mirada hacia un universo más cercano y reconocible. ¿Puede acaso leerse Las horas claras como correlato del despojo o de los años expropiados que hemos vivido? ¿Es esa casa hermosa, casi perfecta, pero al mismo tiempo hueca y deshabitada el reflejo de un lugar descarnado, sostenido en glorias pasadas y promesas desteñidas? ¿Es madame Savoye, a su vez, el espejo de una decadencia social, un sujeto perdido en las postrimerías de una época que vemos desaparecer ante nuestros propios ojos? ¿Y no es, en última instancia, Villa Savoye, el lugar del deseo, ese paraíso perdido y concebido por un genio, el Edén perpetuamente postergado?
Múltiple en sus propuestas, Las horas claras está en capacidad de responder estas preguntas y también otras. Solo es cuestión de entregarnos a su agudeza, y dejarnos llevar por los pasillos de su sutil arquitectura.