domingo, 26 de octubre de 2014

Por Alberto Hernández en varias páginas


LAS HORAS CLARAS
Por Alberto Hernández
(23/10/2014)

Publicado en: Cinosargo Ediciones





Publicado en: Letralia


1.-
Leo Las horas claras  (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas 2013) como un poema, con toda la libertad que me ofrece una historia que también es novela en la medida en que los personajes se atan y desatan de las anécdotas. Y digo que leo aunque también podría afirmar que canto Las horas claras como un aria, porque tiene sentido si asumo la decisión de leer como si cantara.
La historia podría ser lo de menos, pero no es así. Tanto el fondo como la forma llaman al lector. Aquí se plantea un nivel de lectura, una forma de leer, de estar con una manera de deshacerse de viejas costumbres o mitos, de innombrables facturas de algunos editores en tanto fariseos de la publicación.
Leo Las horas claras con una rara pero cómoda postura espiritual y sicológica. Soy la voz que canta, la voz que cuenta, la voz que va descontando cada segundo de una mujer que quiere una casa en el campo, Madame Savoye. Voz que transmigra. Es decir, no leo una novela: leo un poema como si fuera una novela. O una novela como si fuera un poema. Pero también la siento la crónica de unos sujetos –hombres y mujeres- que se deshacen como la casa mientras el mundo sigue su curso. Leo algo de otro tiempo con un discurso joven, limpio, elegante: leo a Jacqueline Goldberg y siento que Las horas claras representan un género cuya libertad radica en no ser ninguno, por eso entonces  creo levitar sobre la fotografía de la mansión que está a punto de borrarse del paisaje del lector.
Leo, definitivamente, la impresión de un instante. 
2.-
Una historia real, traída entre fragmentos. Una historia en la que flotan unos personajes reconocibles: París, sus adentros borrosos y el vaho del Sena. El campo verde de Poissy en Chemin de Villiers, en el que Le Corbusier (Charles Édouard Jeanneret-Gris) construyó la mencionada casa por porfiadas órdenes  de Eugénie Thellier de La Neuville, esposa de Pierre Savoye. Y fue una porfía en la que se movió mucho dinero, pero también la muerte de una amiga, el recuerdo, la soledad, las ganas de huir de la gran capital y someterse al clima de una campiña.
Me inclino a pensar en los lectores que también podrían caer en el desdén de algunos editores, quienes no encuentran qué hacer con un trabajo de esta naturaleza. De modo que quedarían huérfanos los personas, la manera de contarlos, de hacerlos parte de unas horas y provocar en ellos rasgos que más tarde darían con tesis y teorías como las que pronto aparecerán. Este señalamiento es una crítica directa a esos “editores” que desde lejos ven el libro y luego lo apartan porque no llenan los precipicios de su empresa. La declaración de la autora acerca de este comportamiento, deja ruidos en el ambiente, porque ha pasado con otros libros que llenan las expectativas de X editorial. Pero el pasado es pasado. Hoy, Las horas claras es un libro que ha logrado quemar esa opinión y se ha convertido en una bella referencia literaria.
3.-
Como hablo en primera persona, debo dejar sentado que formo parte de los personajes que habitan en las páginas de la poeta y narradora. Ella es responsable de ese evento: Leer un libro “extraño” no hace “extraños”. Leer una novela que podría ser un poema largo, que podría ser una crónica, que podría ser una referencia nos convierte en una revelación: nos fragmentamos en cada página, en cada número que abre la posibilidad de un nuevo empeño: escribir desde Las horas claras el proceso de escritura de una creadora que no para de inventarse. Ser ella desde sus fantasmas, para recordar a Sábato.
4.-
Jacqueline Goldberg divide su libro en horas, en estadios temporales que avalan los pasos de los personajes y de la misma historia. No me atrevo a decir capítulos, porque no lo son. Son horas, momentos, instantes. Podría llegarse a pensar que la autora imaginó el libro como un poema, porque es poeta, pero el poema se hizo un “extraño” híbrido que enriqueció la pieza y, por supuesto, al lector.
Su mirada puesta en la inscripción latina Nullas numero nisi serenas horas (Solo enumero las horas claras) constituye un precioso y preciso instante para decirnos que la sombra estaba sobre la casa, suerte de paratexto que aglutina toda la atención. Es decir, miramos la casa y la construimos con Le Corbusier, pero también la abandonamos y nos alejamos de Madame Savoye, de una porfía que pudo haber sido enfermiza, delatora de alguna patología.  No obstante, el tiempo le dio la razón: La casa vivía, vive, no es eterna, pero aún sus paredes son capaces de recibir el sol y la lluvia, la nieve y las hojas de la primavera. Una casa que respiró la pólvora de la ocupación, que delató las traiciones, delaciones y efectos de una guerra. La casa de un largo dolor. La casa enumerada bajo la luz que la mujer siempre soñó. ¿Leímos también un sueño? Pues sí, un sueño, un letargo. Los personajes pasan levemente. La escritura es tan cerca a la simbología, a su elegancia misteriosa, que nos hace acreedores de una lucha insistente. ¿Fue un fraude? Ella lo advirtió, lo denunció: la inclemencia y la malignidad de Monsieur Jeanneret quedó en evidencia. Ellas, la casa y la mujer, fueron víctimas de un silencio que no se merecían. Las horas también fueron oscuras, alevosas.  
5.-
Leo Las horas claras como una punzada. Como lector no dejo de ser Madame Savoye. No dejo de sentirla en carne propia. Cada fragmento de esta obra es ella en uno.
Si bien Proust hizo de la margarita un símbolo que aún se sostiene en su lectura, en Las horas claras de Jacqueline Goldberg nos queda el sabor mortal de la oronja verde, un hongo venenoso que pasó por la boca de su amiga Georgette y dejó en Madame Savoye la herida que sólo puede entenderse en el poema de Emile Verhaeren, tomado precisamente del libro Las horas claras (1896), donde se lee: En tiempos en los que tanto sufrí,/ Cuando las horas se me hacían trampas,/ Me entregaste la hospitalaria luz.  
Entonces la luz se sobrepone a la sombra. Allá está la casa, viva aún.   
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(*) Con este libro Jacqueline Goldberg ganó la edición XII del Premio del Concurso Anual Transgenérico, Caracas 2012. Igualmente obtuvo el Premio Libro de Año de los Libreros Venezolanos 2014 y fue finalista en el Premio de la Crítica a la Novela 2013.

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