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lunes, 27 de julio de 2015

Entrevista en YouTube por Héctor Torres

La versión del autor 
Programa 1 / Temporada 1
(Publicado el 18/11/2014)


Jacqueline Goldberg habla sobre Las horas claras (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana) en la Librería Lugar Común.

Entrevista por Héctor Torres



Por Carmen Virginia Carrillo en La Palabrera


Las horas claras, de Jacqueline Goldberg
Por Carmen Virginia Carrillo
(22/04/2015)

Publicado en La Palabrera

Las horas claras, de Jacqueline Goldberg, ganó el XII Premio Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en el 2012. Un texto híbrido en el que confluyen diversos géneros: La historia, el reportaje, la novela, la poesía.  
Comencemos por la historia narrada: Una mujer: Eugénie Thellier de La Neuville, Madame Savoye, ya anciana, recuerda la muerte de Georgette, su amiga de la infancia, envenenada por una oronja verde, y piensa en su propia muerte.  Once años han pasado desde que,  en 1928, le pidiera a su marido una casa de campo. Quería ubicarla en Poissy. Contrata al arquitecto Charles Edouard Jeanneret, más tarde conocido como Le Corbusier. Madame Savoye habita la casa que pronto comienza a deteriorarse. Llueve fuera y dentro de Las horas claras, así la ha nombrado, porque siempre quiso que la casa le recordara la luz.  La guerra alcanza a Francia, muere el marido, la casa es tomada por los nazis, ella se instala en su apartamento de París. Piensa en la muerte, y en regresar a su villa de verano, pero no se decide. Finalmente, en 1969 se atreve a volver, una oronja  verde le proporcionará su hora más clara.
La muerte abre y cierra la novela en un círculo perfecto. Esta mujer melancólica  sufre. No encuentra alegría en el matrimonio, ni en la maternidad. Solo desea una casa “para ser en ella” (32). Las nociones de tiempo y espacio confluyen en el motivo de la casa, que a su vez funciona como un "cuerpo de imágenes que da razones o ilusiones de estabilidad" (Bachelard, 1983). 
La casa constituye el eje simbólico del texto. La historia de la villa Savoye, su nacimiento, destrucción y resurrección, tiene su correlato en  un periodo de la historia de Europa en el cual la segunda guerra mundial y el holocausto judío configuran un eje de inflexión entre la ilusión de habitar la casa y la tragedia de ser despojada de ella.
Al inicio de la construcción, Madame Savoye se siente desahuciada, carga con la tristeza a cuestas. Un día, la villa emite “aullidos de cal”, “el ruido  natal” que “aleja el vacío congénito” y su dueña la habita.  Sin embargo, pronto se vuelve inhabitable.
El cuerpo de la mujer  y el cuerpo de la casa parecieran vivir en sincronía, padecen  al unísono el proceso de deterioro físico. La memoria corporal de su dueña  se asocia a los recuerdos de ese espacio tan anhelado, tan amado y tan padecido. 
Habitante de un perpetuo traslado, Madame Savoye es descrita en  su condición de extranjera: “Extranjera fue siempre, pero no suscitaba desconfianza, no lloraba, no palidecía en los festines”. (p. 28).   A lo largo de la narración somos testigos de constantes desplazamientos desde París a  la casa de verano en Poissy,  en oportunidades, estos traslados  solo ocurren en la mente de la protagonista, en el deseo de retornar a su morada.
En el texto, la escritura de la historia está articulada desde la imaginación poética. La cadencias de un lenguaje tenue y vacilante propicia  intersticios, espacios de indeterminación, que juegan un papel fundamental en la propuesta transgenérica de esta magnífica obra.
Goldberg ha logrado conjugar, en este texto cargado de poesía,  la vida íntima de la protagonista, la historia de la Villa Savoye y la memoria colectiva de un país, de tal manera que, tras hurgar en heridas particulares y colectivas,  solo queda el inefable silencio.

Por Alfonso Molina en Ideas de Babel


Las horas claras LAS VOCES MÚLTIPLES DE JACQUELINE GOLDBERG
Por Alfonso Molina
(05/12/2014)



Publicado en Ideas de Babel



Este texto —también podríamos decir muchos textos— se desplaza del poema en prosa a la narrativa breve, de la alusión metafórica a la concreción significativa, incluso de una crónica lejana a la precisión de una relación epistolar. Las horas claras se edifica con una mezcla de líneas expresivas más allá de los géneros y propone una comprensión global e integradora, a la vez, sobre un proceso personal en el marco de un periodo histórico muy difícil. Texto único y múltiple —como las voces de su autora Jacqueline Goldberg— cuya rica dimensión le valió el premio del XII Concurso Anual Transgenérico hace exactamente dos años, en diciembre de 2012, de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, firma editorial encargada de su publicación hace unos meses.

Cuando se habla de la trayectoria de la escritora zuliana surgen sus trabajos en la poesía, el ensayo, la crónica, el relato infantil, la dramaturgia y la narrativa. Incluso, a la hora de leer su obra premiada, recuerdo sus textos gastronómicos. Por eso no sorprende la estructuración de Las horas claras, al amparo de una concepción global de sus párrafos. En su nervio central se define la figura de Eugénie Thellier de La Neuville, conocida como Madame Savoye, a principios del siglo XX. Una mujer de la alta burguesía francesa solicita al arquitecto suizo Charles Édouard Jeanneret-Gris, después conocido como Le Corbusier, la construcción de la Villa Savoye, obra clásica levantada en Poissy, Francia, en 1929. Esa casa constituye el espacio donde moran los sueños, los miedos, las angustias y las incertidumbre que horadan la vida de esa dama en tiempos muy duros. En la Europa que anuncia los albores de la Segunda Guerra Mundial se desarrolla este sutil manejo de un tránsito apasionante con la combinación de genialidad y decadencia, locura y racionalidad, como una especie de maldición que involucra a sus gestores.

Según la presentación que escribió Victoria de Stefano, narradora a quien respeto y admiro, en sus páginas:


se dan cita la ficción novelesca y la historia, historia real, que es el núcleo y corazón de lo narrado, e historia imaginada, la que se desprende como un convincente pudo haber sido de ese punto del pasado revivido y revelado. La historia real: la casa vacacional y fallida, sometida a los avatares de las obras construidas por los humanos a la par o contra la naturaleza y el tiempo, que Madame Savoye, Eugénie Thellier de La Neuville, hizo construir en Poissy por el afamado arquitecto suizo y teórico de la modernidad en arquitectura Le Corbusier (…) Pero como Jacqueline Goldberg, aquí en función de narradora, es poeta, tendremos que las imágenes, los símbolos, las asociaciones, además de la línea verbal y la impulsión afectiva de la frase, que no deja de deberle mucho a su estro poético, nos sirven de hilo conductor y multiplicador de significados entre los altos y bajos y las desgarraduras íntimas de Madame Savoye y su proyecto edilicio, un utopos como fuga en el tiempo y el espacio en pos de las horas claras”.



Las horas claras —en una nota anterior Ideas de Babel la bautizó de manera errónea pero azarosamente poética Las hojas claras— se desliza literalmente de página en página en una aventura narrativa que no se conforma con contar una historia, Más bien formula acertijos, coloca pistas, separa evidencias y lanza un reto al lector. No es un roman de gare, como dicen los franceses, sino todo lo contrario: una enorme interrogante sobre las posibilidades del lenguaje. Por eso es una aventura con fluidez incesante.



10

Quiso una casa para no extraviarse. Para dejar ventanales abiertos y que entrase la roja noche de agosto, el vocerío llorado de ciertas familias, algún pájaro, el vaho del Sena.

Deseó una villa de verano como una fe. Y así le fue concedida.

El marido accedió a regañadientes. No se discutió el lugar. Buscarían un terreno, un arquitecto.

Madame Savoye lo vislumbraba todo. Sabía cuántas serían las puertas y los pasillos. Estaba claro que la cocina miraría hacia el jardín, que habría una terraza, un baño enorme, un vestíbulo para recibir a los huéspedes.

También reconocía cuán lejos debía estar esa casa para que la salvase del desierto”.


En este décimo capítulo de sus textos, Goldberg define la situación dramática en la que se ubica el personaje, su historia y su relato. De esta manera, de forma secuencial, página a página, va prefigurando y posteriormente confirmando un curso de su relato, heterogéneo en su interior pero muy bien articulado por la vía de un trabajo minucioso de escritura y corrección donde se evidencia su condición de poeta y narradora. No sería exagerado afirmar que cada párrafo es producto de una revisión profunda e implacable, que cada palabra ha sido elegida para establecer un significado particular. Como trasfondo, la percepción de un mundo acechado, hostilizado, destrozado, se torna evidencia de la insensatez y la desverguenga. Razón tenían las angustias de Madame Savoye.

Extenso y hermoso poema en prosa, Las hojas claras transfigura la personalidad de Eugénie Thellier de La Neuville en una metáfora más allá de lo individual, en torno del conflicto en puertas, sin abandonar el tono íntimo de la esperanza y el desasosiego.



LAS HORAS CLARAS, de Jacqueline Goldberg. Premio del XII Concurso Anual Transgenérico. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas, 2014.

sábado, 25 de julio de 2015

El libro en la casa

Las horas claras 
viaja a Las horas claras

En noviembre de 2014 mis adorados amigos Marco Antonio Suárez y Pedro Morales viajaron a la Villa Savoye, la recorrieron, tomaron fotos del libro en su lar natal.









martes, 23 de septiembre de 2014

Fotos de la Villa SAVOYE

Un viaje, la memoria

En 2004 la Villa Savoye pasó a formar parte de mi imaginario. Años después se convertiría en Las horas claras. En este link de Flickr (AQUI) están las fotos de aquel viaje maravilloso, todas de Hernán Zamora.